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martes, 19 de julio de 2016

NUESTRO NOMBRE ES EL PRIMER CONTRATO QUE CARGAMOS

Cuando bautizamos a un hijo debemos saber que junto con el nombre le pasamos una identidad. Evitemos por tanto los nombres de los antepasados, de antiguos novios o novias, de personajes históricos o novelescos. Los nombres que recibimos son como contratos inconscientes que limitan nuestra libertad y que condicionan nuestra vida. Un nombre repetido es como un contrato al que le hacemos una fotocopia, cuando en el árbol genealógico hay muchas fotocopias el nombre pierde fuerza y queda devaluado. Según Cristóbal Jodorowsky, el nombre tiene un impacto muy potente sobre la mente. Puede ser un fuerte identificador simbólico de la personalidad, un talismán o una prisión que nos impide ser y crecer.
En los árboles narcisistas cada generación repite los mismos nombres de sus ancestros y con ello se repiten los destinos. ¿Atraen ciertos barrios a personas cuyo estado emocional corresponde al significado oculto de esos nombres? Alejandro Jodorowsky dice que en Santiago de Chile vivió en La plaza Diego de Almagro, un lugar que él sintió como oscuro y triste. Resulta posible pensar que ese lugar era el reflejo de su interior en aquel momento de su vida. Diego de Almagro fue un conquistador frustrado. Por engañosos consejos de su cómplice Pizarro, partió de Cuzco hacia las tierras inexploradas del Sur creyendo encontrar templos con tesoros fabulosos. Después de muchas calamidades volvió como alma en pena a Cuzco, donde su traidor socio, no queriendo compartir las riquezas robadas a los incas, lo hizo ejecutar.
Podemos dedicar unos minutos a observar el lugar donde vivimos: en la calle de un poeta, de una santa benefactora, de un descubridor o tal vez en la de un general asesino. Nada es casual, el mundo es como un espejo que nos refleja, cada vez que realizamos una mutación interior también cambia nuestro exterior, son señales del Universo a veces.

¿Podríamos decir que los nombres tienen una especie de frecuencia que sintoniza con ciertos receptores? ¿Qué tipo de receptores?

Inconscientemente nos sentimos atraídos por cientos nombres que reflejen lo que somos (a veces son exactos y otras veces están ocultos detrás de máscaras, sólo hay similitudes léxicas o fonéticas): Nuestra parte sana y positiva es un receptor que sintoniza con ciertos nombres, porque nos hacen gozar y sentirnos seguros.
Nuestra parte enferma y negativa es otro receptor que sintoniza nombres determinados, porque hay una intención supraconsciente de resolver el conflicto. Reflexionemos de nuevo en los nombres de lo que hemos atraído a nuestro mundo:
  • El nombre de nuestra empresa, centro de trabajo, escuela…
  • El nombre de nuestra pareja, amigos, jefes, profesores…
  • Personas que se cruzan en nuestro camino por “accidente” y se llaman exactamente igual que nuestro padre (o madre, hermano,etc.)

¿Hay una programación inscrita en nuestro nombre y apellidos?

Según nos cuenta Alejandro Jodorowsky, tanto el nombre como los apellidos encierran programas mentales que son como semi­llas, de ellos pueden surgir árboles frutales o plantas veneno­sas. En el árbol genealógico los nombres repetidos son vehícu­los de dramas.
Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre del desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos. Cuando una hija lleva el nombre de una antigua novia de su padre, se ve condenada a ser “la novia de papá” durante toda su vida. Un tío o una tía que se suicidaron convierten su nombre, durante varias generaciones, en vehículo de depresiones. A veces es necesario, para detener esas repeticiones que crean destinos adversos, cambiarse el nombre. El nuevo nombre puede ofrecernos una nueva vida. En forma intuitiva así lo comprendieron la mayoría de los poe­tas chilenos, todos ellos llegados a la fama con seudónimos.

¿Hay ejemplos que nos permitan comprender la importancia del nombre?

Nuestro nombre nos tiene atrapados, ahí está nuestra “individualidad”.
  • Barrick Gold (gold significa oro en ingles) se convirtió en el mayor productor de oro del mundo.
  • Brontis “voz de trueno” se dedica al mundo del teatro con una potente voz…
  • María, Inmaculada, Consuelo se asocian a la pureza, la virginidad, nombres que exigen perfección absoluta, que nos limitan.
  • Miguel Ángel, Rafael, Gabriel, los nombres de ángeles dan problemas con la encarnación.
  • César, poderoso y asociado a la ambición.

¿Cómo sé si el nombre que he recibido me perjudica?

Estudiar los nombres del árbol genealógico es igual que acceder al inconsciente. En los nombres encontramos secretos. Es importante ver cómo funciona el nombre que nos dieron. Algunas cuestiones: Lo primero es saber la persona que nos nombró. ¿Papá?, ¿mamá?, ¿abuelo?, ¿la hermana?, ¿el padrino?… El que nombra, toma poder sobre lo nombrado y no es lo mismo llamarme Micaela por mi abuela paterna, si el nombre se le ocurrió a mi padre para repetir el nudo incestuoso, o por mi madre, para ser aceptada en la familia de mi padre, dándole una hija-clon de su suegra.

¿De pequeño me gustaba mi nombre o me hubiese gustado llamarme de otra manera?

Los niños tienen una intuición especial y una fresca desinhibición que les permiten rechazar de pleno lo que les contamina. Investigar de donde viene nuestro nombre:
  • Si es de algún familiar, es bueno analizar su destino y los caminos que recorrió en su vida, porque probablemente venimos a repetirlos. Llamarse René después de un hermano muerto, es cargar con él toda la vida.
  • Si es de alguien significativo para quién nos nombró, nos caerá la carga de darle a éste lo que el otro no le dio.
  • Si es de algún personaje histórico, novelesco, as del fútbol o princesa de Mónaco, viviremos frustrados y fracasados si no seguimos el guión.
  • Si es por algo material, adquiriremos las propiedades de ese elemento. Por ejemplo, si me llamo por la muñeca de mi hermana, me convertiré en su muñeca, ella jugará conmigo, me dominará.
  • Si me llamo por algo inmaterial, tenderé a fines abstractos ideados por nuestros padres, desatendiendo lo real e incluso, por oposición a ellos, llegaré a materializar lo contrario a lo que llevo escrito en el nombre. Llamarse Libertad, Paz, Luz, no siempre es sinónimo de ser libre, vivir en paz y tener las cosas claras.
Los diminutivos: “Me llamo Manuel como mi abuelo, pero me dicen Manolito”, han proyectado en ti la figura de tu abuelo, pero tienes prohibido crecer y superarlo. Los nombres compuestos: “Me llamo José Luís, por mi padre y mi abuelo”. Pobre de ti si la relación entre ellos era farragosa. Me llamo “María José”, como dice Jodorowsky, “¡Catástrofe sexual!”. Los nombres feminizados o masculinizados: Mario, Josefa, Carmelo, Paula, corresponden a deseos frustrados de que naciéramos del sexo contrario.

¿Por qué no cambiarnos de nombre cuando este va cargado por un lastre que nos inmoviliza?

Nos aterra cambiarnos de nombre ya que tememos que dejaremos de ser reconocidos por nuestro clan. Tememos no ser reconocidos, ni identificados, no ser amados es el mayor temor que tenemos. Somos seres gregarios y pensamos que podemos morir si nuestro “clan” nos abandona, lo que es una herencia de nuestro cerebro arcaico.
Metafóricamente, el nombre que nos dan los padres es como un archivo del GPS que nos va indicando caminos digitalizados y guardados en la memoria familiar. Al nacer, nos instalan el archivo y vamos deambulando por el mundo por rutas más o menos pedregosas y abruptas, pero nos sentimos como en casa, porque ya fueron trazadas por el sistema operativo del árbol. Cambiarnos de nombre es arrojar el GPS por la ventanilla del coche y empezar a ver y a recorrer nuevos caminos, conquistar territorios que no habían sido archivados por nuestro árbol.
Es hacernos cargo de nuestro propio destino.

¿Cómo entonces llamar a nuestros hijos cuando nacen?

Alejandro Jodorowsky afirma que cada uno tenemos un nombre (podemos hacer aparecer a nuestro guía interior y pedirle nuestro nombre en un ejercicio de meditación o de visualización) que viene con nosotros incluso antes de ser concebidos. Es posible que durante la gestación, este nombre les llegue al mismo tiempo a ambos padres de forma telepática, si tienen suficiente capacidad de percepción. Si no es así, es el niño el que debe nombrarse más adelante. En el caso de tener que decidir como llamar al bebé, el nombre no debe haber existido en la historia de su árbol genealógico, ni haber pertenecido a personas o ideales de los que lo nombran.

¿Qué haremos con nuestro nombre?

Si nos encontramos que nuestro nombre encaja con algunos puntos de lo aquí descrito, podemos hacer que nos empiezen a llamar por el segundo nombre, por ejemplo Dolores Carolina, si te llaman de pila Dolores y ya por sí el Dolores trae una carga, podemos hacer que empiezen a llamarte Carolina o el segundo nombre, o por ejemplo Carlos Antonio donde Carlos se repite en generaciones con ancestros de destino trágico, comenzar a llamarnos Antonio, no es fácil pero de una manera comenzamos a reprogramar.
-Alejandro Jodorowsky-
 http://consejosdelconejo.com/2015/11/09/nuestro-nombre-es-el-primer-contrato-que-cargamos/

martes, 10 de julio de 2012

La importancia de perder nuestro nombre

El nombre propio es nuestra primera señal de identidad. No lo elejimos nosotros, nos lo imponen, lo deciden nuestros padres y lo registran en documentos nada mas nacemos, confirmando así nuestra llegada a la sociedad. Los criterios para elegir nombres para los hijos son tan extensos como vanales en la mayoría de los casos, al menos en nuestra sociedad. Nombres heredados de familiares, o escogidos por simpatía hacia las personas que los llevan, cuando no seguidores de modas, que en esto, como en todo, también las hay. Lo que importa es la identidad etiquetada, cuanto antes mejor, así todo está ordenado y en su sitio. Nuestra sociedad moderna y adelantada no puede prescindir de las etiquetas, eso si, selladas y homologadas por el gobierno, la administración y la iglesia. Las cosas son así y se aceptan.
Lo que pasa es que una empieza a dar vueltas sobre esto, empieza a preguntarse el porqué ha de ser así y no de otra forma y ¡mira por donde!, le vienen las respuestas. Es maravilloso este mecanismo de "pregunta-respuesta" dejado al fluir del momento, nunca falla...
La primera respuesta a mi pregunta me la dió Santos Bonacci, un astrólogo australiano, el cual, en medio de una charla sobre los astros, comentó la importancia de prescindir del nombre etiquetado, destruir los papeles que nos atan a los registros de la burocracia y de la iglesia, como un medio de escapar a un control sobre nuestras vidas, él hizo mucho incapié en salir del sistema prescindiendo de nuestro nombre.
No es tarea sencilla, es cierto, todavía estamos bajo el influjo del miedo a no pertenecer al grupo.
La segunda respuesta me vino en la pantalla de un cine, de la boca de una niña de Katmandú, la cual decía llamarse "la niña que carga con su hermano pequeño", y es que, a pesar de haber tenido un nombre propio, lo había perdido al nacer su hermano. Por supuesto que en su comunidad eso era aceptado, aunque en la nuestra parezca una barbaridad. Su nuevo nombre era su nueva identidad.
Finalmente Alejandro Jodorowsky me dio la última respuesta, en uno de sus talleres les pidió a sus alumnos que renunciaran a su nombre, mientras estos, acostados sobre el piso, seguían sus indicaciones. Después tenían que liberarse de otras influencias externas e internas. Y es que, era así; perdiendo etiquetas, como se iban a encontrar con sus verdaderos seres. Según Jodorowsky no somos lo que los otros nos hacen creer que somos. nisiquiera somos lo que nosotros creemos que somos. En realidad, apenas nadie tiene ni idea de lo que es, porque diluirse en la no identidad etiquetada es todavía impensable para la mente racional.
Es interesante el tema, ¿de qué manera te relacionas contigo mismo a través de tu nombre?, ¿aceptas esa vibración en ti, te identificas con su sonido, con su significado? o por el contrario estás siempre en lucha contigo mismo por esta causa.
En muchas ocasiones, y en todas las culturas, se prescinde del nombre propio y se adopta otro, tal como le ocurrió a la niña de Katmandú, mas acorde con la nueva identidad de la persona. Con el cambio se abren nuevas puertas energéticas, internamente se producen cambios profundos en ella. Es por eso que en la Iglesia Católica utilizan ese método sitematicamente cuando adoptan a un nuevo integrante, los curas, las monjas son bautizados al entrar en su congregación, y este acto, mágico por cierto, forma parte de su iniciación religiosa. Desde luego que nisiquiera esto es original en la Iglesia Católica, de sobras conocemos ya que en todas las culturas paganas el cambio de nombre era un paso indispensable para la evolución del hombre en el mundo. Los chamanes otorgaban nombres a todos aquellos que los necesitaban, según sus méritos o sus aspiraciones. Lo curioso es que la Iglesia católica y la administarción del estado repudian esta práctica en el resto de la gente. Ellos pueden, los demás no.
Seguiré reflexionando sobre el tema, quizás lleguen mas respuestas.