Reflexiones, experiencias y todo aquello que me ayude a subir, desplegando alas, volando juntos...
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miércoles, 13 de marzo de 2013
LA ROCA
Un hombre dormía en su cabaña cuando de repente una luz iluminó la habitación y apareció Dios. El Señor le dijo que tenía un trabajo para él y le enseñó una gran roca frente a la cabaña. Le explicó que debía empujar la piedra con todas sus fuerzas.
El hombre hizo lo que el Señor le pidió. Por muchos años, día a día, desde que salía el sol hasta el ocaso, el hombre empujaba la fría piedra con todas sus fuerzas... y ésta no se movía.
Todas las noches el hombre regresaba a su cabaña muy cansado y sintiendo que todos sus esfuerzos eran en vano.
Como el hombre empezó a sentirse frustrado, Satanás decidió entrar en el juego trayendo pensamientos a su mente: "Has estado empujando esa roca por mucho tiempo, y no se ha movido". Le dio al hombre la impresión que la tarea que le había sido encomendada era imposible de realizar y que él era un fracaso.
Estos pensamientos incrementaron su sentimiento de frustración y desilusión. Satanás le dijo: "¿Por qué esforzarte todo el día en esta tarea imposible? Sólo haz un mínimo esfuerzo y será suficiente".
El hombre pensó en poner en práctica esto pero antes decidió elevar una oración al Señor y confesarle sus sentimientos: "Señor, he trabajado duro por mucho tiempo a tu servicio. He empleado toda mi fuerza para conseguir lo que me pediste, pero aún así, no he podido mover la roca ni un milímetro ¿Qué pasa? ¿Por qué he fracasado? "
El Señor le respondió con compasión y ternura: "Querido amigo, cuando te pedí que me sirvieras y tú aceptaste, te dije que tu tarea era empujar contra la roca con todas tus fuerzas, y lo has hecho. Nunca dije que esperaba que la movieras. Tu tarea era empujar. Ahora vienes a mí sin fuerzas a decirme que has fracasado, pero, ¿en realidad fracasaste? Mírate ahora, tus brazos están fuertes y musculosos, tu espalda fuerte y bronceada, tus manos callosas por la constante presión, tus piernas se han vuelto duras. A pesar de la adversidad has crecido mucho y tus habilidades ahora son mayores que las que tuviste alguna vez. Cierto, no has movido la roca, pero tu misión era empujar y confiar en mí. Eso lo has conseguido. Ahora, querido amigo, yo moveré la roca"
Algunas veces, cuando escuchamos la palabra del Señor, tratamos de utilizar nuestro intelecto para descifrar su voluntad, cuando en realidad Dios sólo nos pide confianza en Él. Debemos ejercitar nuestra fe que mueve montañas, pero conscientes que es Dios quien al final logra moverlas.
Cuando todo parezca ir mal... ¡ SÓLO EMPUJA !
Historia perteneciente al libro "El Silencio del Hombre - Historias de Luz y Sabiduría"
jueves, 23 de febrero de 2012
El cauce del río.
Cuentan que una tarde de verano un viajero llegó a la aldea parándose a beber agua en la fuente para refrescar su calor. Decidió sentarse un rato a descansar y así, como quien no quiere la cosa, fue observando distraido las idas y venidas de la gente de la aldea. Se fijó en que todos iban perfectamente vestidos, con ropas humildes, pero limpias y decorosas, los hombres trajinaban grandes sacos en sus caballerías pues regresaban de las huertas, acalorados pero felices. Las mujeres cocían panes y cenas cuyo rico olor se esparcía por todo el entorno, los niños jugaban despreocupados por la plaza y, en general, se respiraba un aire de tanta paz y armonía que el viajero se sintió conmovido. Él, que había viajado tanto, nunca vió un pueblo así. Había en aquel lugar un orden que inpregnaba todo cuanto alcanzaban a ver sus ojos, e, incluso, las miradas y los gestos de las gentes así lo decían.
LLevado por la curiosidad se sentó al lado de un anciano que parecía dormitar, recostado en una alfombra de lana, sus párpados arrugados se entreabrían de vez en cuando y su boca dibujaba una eterna sonrisa. El viajero le saludo amablemente y el anciano le devolvió el saludo. Al poco rato hablaban como si se conocieran de toda la vida;
-Hay algo en este pueblo que me parece maravilloso. Pero no es algo concreto, sino mas bien una cualidad que envuelve todo lo que veo, ¿qué es, acaso tu lo sabes?, mira que he viajado mucho y he visitado muchos pueblos y ciudades, pero en ninguno encontré esta armonía que fluye aquí por todos los rincones.
-¿quieres que te cuente una vieja historia?
-Si, por favor,cuentamela.
-pues verás,-dijo el anciano mientras daba vueltas a un collar de cuentas rojas con su mano derecha- no siempre fue así, de hecho hace muchos años este lugar era sombrío y pobre, muy pobre. No había huertas y todo estaba muy abandonado, las casas se caían de viejas y los habitantes parecían fantasmas abandonados a la peor de las suertes. Había miseria, mucha miseria. Pasaban inviernos de hambre y frío y veranos de tórridos calores. Los niños morían en sus cunas por falta de alimento o de atención. No quiero recordar las penas que pasamos y lo mucho que sufrimos. Por aquel entonces yo era un niño pero recuerdo todo muy bien, como si estuviera pasando ahora mismo. Yo tenía un amigo...si es que se puede llamar así, un conocido, un hombre que vivía apartado de todos, había abandonado su casa cuando perdió a su mujer y a sus hijos por la hambruna, y había ido a refugiarse a una cueva que hay cerca del pueblo. Yo era muy curioso entonces ¡jajaja!-rió divertido el anciano-igual que ahora, y le espiaba casi todos los días, hasta que me descubrió y comenzamos a hablar. Me gustaba seguirle en sus paseos, no era un hombre de muchas palabras, pero yo estaba agusto a su lado.
Descubrí que el hombre cada día hacía lo mismo, iba hasta la cantera de piedras, cargaba las que podía y las llevaba hasta un riachuelo que corría cerca de la cueva. Yo no comprendía el porque de aquel quehacer, pero, sin darme cuenta, comenzé a hacer lo mismo que él. Cuando llegábamos al riachuelo, el hombre las colocaba de forma que se fuera dirigiendo el curso del agua en otro sentido, desbrozaba el caudal y lo limpiaba de matojos y porquerías. Así un día, y otro día, hasta que comprendí su afán; el hombre estaba mandando el agua hacia la aldea. No te engañaré diciéndote que me pareció una empresa fácil, todo lo contrario, pero había algo en aquel hombre callado y tenaz que me daba ánimos de contribuir a su intento.
Pasaron unos meses y el río alcanzaba ya las tierras planas y secas del pueblo. Entonces la gente comenzó a creer en el proyecto, pero aún así, todavía eran pocos los que ayudaban llevando piedras. Decían:¿para qué queremos un pequeño riachuelo? necesitamos mas caudal, y eso si que no lo podemos cambiar. No depende de nosotros. Pero el hombre no dejaba de trabajar ni un solo día y alguna vez respondía: Algún día vendrá el agua, si no hay canal, pasará de largo lejos de nosotros. Y efectivamente, tal y como el hombre anunció, se produjo una época de nieves, después vinieron las lluvias y los deshielos con el calor, todo eso hizo que el río creciera llevando alegres torrentes y llenando de vida aquel cauce construido con tanto esfuerzo por la mano del hombre. Los hombres de la aldea se afanaron en construir canales que regaban los huertos, un molino de agua para la harina, y al poco tiempo cada casa tenía su ganado, su huerto y su horno. Y tan bien lo hicieron y tanto trabajaron que de todas las aldeas vecinas venían aquí a comprar las viandas.
-Y así fue como se convirtió en la magnífica aldea que hoy veo.-concluyó el viajero.
-Así es el alma humana, amigo mío, un cauce que hay que construir piedra a piedra, paso a paso, para cuando el conocimiento y la sabiduría brote seamos recipientes dignos de contenerlos y dejar que fructifiquen en todo lo que nos rodea.
El viajero suspiró y se dejó acariciar la cara con los últimos rayos del tibio atardecer.
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